Sobre La conjura de los necios y la conjura del azar

laconjuradelosnecios

 

Esto que escribo es tangencialmente una reseña, o la historia de cómo, por una serie inesperada de tangentes sucesivas, llegué a escribir esta reseña. Es también una crónica, minúscula pero significativa, sobre cómo el azar opera de maneras misteriosas en nuestras vidas, en las reales y en las literarias, construyendo escaleras a nuestras espaldas, peldaño a peldaño, para que subamos como ciegos o sonámbulos, a tientas y sin darnos cuenta siquiera de si vamos cuesta arriba o cuesta abajo, sumidos en el sueño de la realidad. Así, un día la escalera termina, es decir llega a destino, y el último paso decide si estamos en algún lado o si nos disponemos a saltar desde una ventana que más bien da al vacío.

Pero también exagero; en realidad todo se desliza frente a la vista de manera casi intrascendente: de haber estado ligeramente más ocupada en otra cosa el suceso detonante me habría pasado de largo y ni habría leído el libro que me dispongo a reseñar, ni estaría, evidentemente, escribiendo esto. Esto.

Quiero comenzar entonces con el grupo quebequois Arcade Fire, primer cabo suelto de esta sucesión, y su entonces recién estrenado álbum Neon Bible. Debo decir ya de entrada que llegué a él por lo que seguramente fue una casualidad: una reseña positiva en internet o algún comentario visto de pasada en un blog de música. El internet es un poderoso instrumento del azar y, si se tienen los ojos bien abiertos, navegarlo puede poner en marcha singulares concatenaciones. En fin, si el título del álbum me había llamado ya la atención fue cuando lo escuché que empecé a desarrollar una extraña obsesión por dos de las canciones: la homónima del álbum y otra que lleva por título (Antichrist television blues), así con paréntesis. Lo que alcanzaba a entender de las letras, rodeadas a su vez de un aura musical vagamente blusera, parecía una increpación constante, confrontación y súplica a la vez, contra un Dios (God) ausente en acción y esencia. La curiosidad me fue picando cada vez más: a qué exactamente señalaba el estribillo que repetía “It’s the Neon Bible, the Neon Bible[…]”, y regresé entonces al internet para investigar aquella peculiar asociación de palabras. Dos datos obtenidos me saltaron como revelaciones en ese momento: el primero de ellos, ahora trivial, fue que Win Buttler, compositor y figura principal de Arcade Fire, tiene un grado en estudios religiosos. El segundo, aún profundamente significativo, iba todavía más allá: existe un escritor norteamericano, un tal John Kennedy Toole (1937-1969), que escribió una novela titulada Neon bible. La relación entre una cosa y otra, álbum músical y autor literario, pasó a segundo plano cuando hurgué otro poco en la historia personal de Kennedy Toole: publicó y ganó el Pulitzer de manera póstuma porque estando en vida no hubo editor que se animara a publicarlo, negativa que le causó tal desasosiego que decidió poner fin a su vida. Con todo y eso, Kennedy Toole murió firmemente convencido de que había escrito una obra maestra, convicción que sólo vuelve más desesperada y trágica esa última decisión. La persistencia de su madre lo salvó del olvido; fue ella quien dió finalmente con un editor que leyó la obra de Toole y, asombrado, la declaró en efecto una obra maestra. Esa obra maestra es La conjura de los necios.

Si bien Kennedy Toole escribió a los 16 años y con inusitada perfección su primera novela, Neon Bible, fue con La conjura de los necios que alcanzó la cúspide de la escritura. El epígrafe de la novela, debido al siempre mordaz y certero Jonathan Swift, reza: “Cuando en el mundo aparece un verdadero genio, puede identificárselo por este signo: todos los necios se conjuran contra él.” Pues bien, Ignatius Reilly, un personaje que sólo puede ser descrito como elefantiástico, es el tremendo ‘genio’ que protagoniza la novela y hace que ésta gire en torno a él como por efecto gravitatorio: enorme y patoso, se hunde por su propio peso en medio de los estruendosos fracasos que propicia con su indolencia y su peculiar manera de ver la vida y, en el proceso, arrastra hacia el hoyo a todos aquellos a los que toca: su abnegada madre, de pronto deseosa de nuevas experiencias vitales, burócratas comodinos y bastante imbéciles, un insólito policía honesto pero sin suerte, los trabajadores negros de una fábrica que gritan consignas proletarias con la misma alegría con que cantan en la Iglesia, una extraña novia pseudo-hippie dispuesta a redimir a Ignatius de su apatía sexual para mostrarlo al mundo como lo que ella cree que es: un ser insólito, un genio auténtico. La lista continúa añadiendo figuras absurdas, tocadas todas ellas por el sino de Ignatius Reilly que, en sus ratos de ocio, que son la mayoría, desarrolla en arrugados cuadernos su propia visión de la filosofía y la historia humanas mientras sueña con la instauración de la monarquía, con el equilibrio teológico, con eliminar el mal gusto y con comer infinitas pastitas de mantequilla.

La ciudad de Nueva Orleáns es el escenario donde la rueda se echa a andar para trastocar la suerte de Ignatius, sacado de su cómoda hibernación y de sus meditaciones metafísicas por un accidente desgraciado. Así, con la fortuna torcida, se ve lanzado al desalmado mundo laboral en el que tiene que hacer de archivador o de vendedor de salchichas o de cualquier otra cosa que lo ponga a salvo de la amenaza que representa la alianza entre su madre, la policía y una tía entrometida. Es entonces que, caprichosamente, los destinos de los distintos personajes de la vida de Nueva Orleáns empiezan a enredarse entre sí y la rueda que no deja de girar los arrastra y los mezcla en una serie de líos que puede hacer estallar las carcajadas. La risa, en efecto, es el signo de esta novela que lleva al absurdo hasta su extremo más ácido y disparatado y que logra que la caída al final de la escalera desigual de Ignatius Reilly sea como la de la jabonosa burbuja o la de la pluma tenue: toda una fiesta. En esta novela, notable deudora del mecanismo de la casualidad y asequible bajo el sello de Anagrama, John Kennedy Toole demuestra cómo el peor de los necios puede ser también el más inusitado de los genios. Punto.

Lucía Noriega Hernández.

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