Torneo de canicas

Te contaré una historia.

Cuando iba en primaria (3ro ó 4to grado sería) tuvimos una clase de educación física distinta a las que comúnmente dan. El profesor decidió que jugaríamos canicas. Nos dividió por grupos. Me gustaba jugar a las canicas; pasaba horas en el campo terregoso, pero, siendo honestos, era pésimo. Así que no sé de qué manera vencí a todos (había compañeros excelentes que atinaban a tres metros de distancia y dejaban la esférica luz girando, llenando la boca de Galileo de razón porque eppur si muove). El profesor me dijo “Felicidades, Ríos, irás a representar a la escuela en el torneo regional de canicas”.

Ahí me tienes al día siguiente en el transporte escolar (léase: la camioneta de una maestra) con mi lunch financiado por el comité de familia. Estaba nervioso, acariciaba a mi tiro traslúcido y rojo, ojo de conejo, y le susurraba que no dejaría que lo destrozaran. Fue en una deportiva e hicieron un evento que incluía honores a la bandera. Estábamos todos los seleccionados presentando la seriedad que podíamos a la bandera: inmóviles en la movilidad de las rascadas, de la limpia de nariz, de la comezón. Había desde las competidoras del resorte hasta los del trompo; pasando por nosotros, los de las canicas; los de baloncesto y las de voleibol. Las chicas de volley eran las más lindas. Venían de escuelas de paga y no se ensuciaban las manos con la crema ni a sus sándwiches se les pegaba el papel y era como si hubieran nacido con la nariz limpia. Yo, en ese entonces, era muy tímido y además muy gordo; tenía quien prestara atención en mí, pero ninguna me gustaba. Mi fijación, desde entonces, era por la chica imperiosa, pura de sangre, la niña de piernas romanas que volaban en el juego.

El concurso se dividió en 4 partes. Salí vencedor de las 2 primeras porque mis compañeros se liquidaban entre sí, me dejaban para el final. Era el de la peor técnica: ninguna amenaza para ellos. No contaban con que el último, el que me quería exterminar, se apresuraría y perdería por una regla que dice “si le pegas al contrario y pasas la línea, mueres”. Su canica murió desterrada, mientras mi querido ojo de conejo seguía rodando invencible por el roce, con una fortaleza que no le conocía. En la siguiente parte del torneo ocurrió casi lo mismo, excepto que esa vez ojo de conejo fue el que golpeó a la otra canica y la sacó del terreno. Para la tercera parte quedé perdonando por ser un invicto definitivo: pase directo a la final. Ese lapso en el que transcurrió el conflicto de la 3era parte, lo aproveché para ir a ver a las de volley . Esperaba que Claudia (como decía su uniforme; porque tenían uniforme con nombre en sus espaldas) llorara desconsoladamente por una falta injustificable que el arbitro marcara y llegara yo y le diera una paliza por la bajeza y le dijera mi nombre a Claudia con el arbitro a nuestros pies y ella me dijera el suyo y yo lo repitiera miles de veces en la mente y nos enamoráramos y la besara en esos suaves, rosas, redondos labios de niña y no la volviera a ver nunca más y la recordara cada que pasara frente a ese parque. El arbitro era alguien muy justo. Pitó, confirmando el triunfo de Claudia y sus amigas de shorts azul marino. Volví al campo de las canicas.

De vuelta, en la etapa final del torneo, la cosa se repitió: me dejaron al último. Los disparos se los dieron entre ellos . Quedamos solamente dos. Dos gorditos sudorosos con una diáfana piedra entre sus dedos. Previniendo la derrota, oculté a ojo de conejo entre unas hojas: no esperando ganar, sino esperando disminuir el daño del golpe que le fueran a dar. El otro llevaba una canica azul, opaca y tenaz. Apuntó y soltó el dedo. Falló por muy poco. En mi turno, pude entrar al chombo y me hice de cuartas. Cuando alisté a ojo de conejo, brilló y entendí que el brillo de una canica es un guiño. Extendí mi mano, grande, arácnida (era el más alto de la primaria) que colocó a ojo de conejo a escasos centímetros de la canica rival. Hice mi tiro. La otra canica se movió poco por el golpe. Ojo de conejo se veía más rojo, resplandeciente, prepotente, soberbio que nunca. Había ganado. En la camioneta, mis compañeros de la escuela me felicitaron (fui el único de la escuela que trajo medalla de vuelta) y ojo de conejo estaba bien, sin ningún golpe.

Vi por la ventana. Claudia también se iba y no me iba con ella. La recordaría cada que pasara frente a ese parque donde le dediqué mi campeonato de canicas.

 

 

Carlos Almaguer

 

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